18 May

Beneficios de la vitamina D: más allá de la salud de los huesos

El sol, fuente de vitamina D

Los beneficios de la vitamina D

La vitamina D pertenece al grupo de las vitaminas solubles en grasa, junto a la A, la E y la K. Fue descubierta a principios del siglo XX, época en que hubo en despertar en interés de los hombres de ciencia en el estudio de la relación entre la nutrición y las enfermedades. Fue entonces cuando se comenzaron a estudiar formalmente las substancias que hoy conocemos como vitaminas. Hoy en día, muchos consideran que, más que una vitamina, la vitamina D es una hormona por sus diversas funciones reguladoras. Así, vale la pena conocer los diversos beneficios de la vitamina D.

Un poco de historia

En 1914 el bioquímico estadounidense Elmer Vernon McCollum aisló de la materia grasa de la leche una substancia liposoluble que observó promovía el crecimiento y prevenía una enfermedad de la vista llamada xeroftalmia. Denominó dicha substancia como “factor A”.

Interesado en el hallazgo, en 1919, el investigador británico Sir Edward Mellanby realizó experimentos con cachorros de perros. Cuando los animales se alimentaron exclusivamente con leche descremada y pan a la vez que se les privó de la luz solar o artificial, los animales presentaron debilidad y deformaciones en los huesos. No obstante, mejoraron cuando se les suministró la materia grasa de la leche y el aceite de hígado de bacalao. Esto hizo sospechar a Mellanby que existía una relación entre el “factor A” y el raquitismo, una enfermedad que produce debilidad y deformidades en los huesos. En la época, el raquitismo constituía un gran problema de salud pública tanto para el Reino Unido como para otros países del mundo.

Por otro lado, el también británico Frederick Gowland Hopkins descubrió que el calor y la aireación destruían el “factor A” de la materia grasa de la leche. Observó que, al destruirse este elemento, quedaban anuladas las propiedades que favorecían el crecimiento y que no se evitaba la aparición de la xeroftalmia en las ratas.

Este descubrimiento llevó a Elmer McCollum y a sus colaboradores a realizar experimentos en los que se empleó el aceite de hígado de bacalao sometido al calor y la aireación. Se observó que un aceite sometido tal proceso no evitaba la xeroftalmia en las ratas, aunque sí evitaba el raquitismo.

Un factor diferente

Esto llevó al equipo de McCollum a concluir que era otra la substancia con propiedades antirraquíticas. Así, empleando la aireación, lograron aislar dos factores solubles en grasa: el factor A (que quedaba desactivado) y el factor D (que permanecía activo). A estos posteriormente, se les denominó “vitamina A” y “vitamina D”, respectivamente.

Se le asignó la letra “D” al recién descubierto factor, pues ya se habían asignado las letras anteriores en precedencia a los factores A, B y C, que posteriormente se convertirían en las respectivas vitaminas que conocemos hoy. Casimir Funk fue quien propuso el nombre de “vitamina”.

La vitamina D y la luz

En 1903 el médico danés Niels Finsen ganó el premio Nobel al ser el primero en emplear la fototerapia o, en otras palabras, la luz para curar enfermedades. A través de la luz, trató con éxito enfermedades tales como la tuberculosis y el lupus.

También en 1903, probablemente inspirado por los hallazgos de Finsen, el médico suizo Augusto Rollier fundó un sanatorio en los Alpes suizos en el que se empleó la helioterapia (el uso de la luz solar con fines curativos) para tratar pacientes con diversas enfermedades, incluidas la tuberculosis y el raquitismo. En 1919, llegó a afirmar en una publicación que la curación por medio de los rayos solares constituía el mejor tratamiento para el raquitismo.
Igualmente, en 1919, el Dr. Kurt Huldschinscky, de origen alemán, fue pionero en el empleo de los rayos ultravioleta para tratar el raquitismo. Intuyó en que si la luz solar servía para tratar enfermedades, entonces debería lograrse el mismo efecto con la luz artificial. La aplicación del tratamiento con luz artificial en niños raquíticos demostró que estaba en lo cierto.

Unos años después, en 1922, Harriette Chick y sus colaboradores, trataron con éxito varios niños raquíticos en una clínica de Viena posteriormente a la I Guerra Mundial. Emplearon aceite de hígado de bacalao y leche entera, pero también observaron el sol era capaz de curar la enfermedad.

Los beneficios terapéuticos obtenidos por medio de la vitamina D ingerida así como los logrados a través de la exposición a la luz solar y artificial en el tratamiento del raquitismo, motivaron la realización de diversos experimentos paralelos por equipos de científicos distintos en los que se perseguía encontrar la relación entre la vitamina D y los efectos salutíferos de la luz.

Así, en 1924, Hume y Smith realizaron experimentos en ratas en las que se había creado un raquitismo inducido. Éstas mejoraron al aplicárseles rayos ultravioleta. Por otro lado, Golbatt y Soames, en el mismo año, alimentaron ratas raquíticas con los hígados de ratas irradiadas y también observaron mejoría. En otro experimento, Steenbock y Black, decidieron alimentar las ratas raquíticas con hígados irradiados después de haberse extirpado a otras ratas y también tuvieron éxito.

Hess y Weinstock, por otro lado, hicieron algo diferente. Realizaron experimentos en los que irradiaron con rayos ultravioleta alimentos de origen vegetal que de por sí no tienen propiedades antirraquíticas, tales como el aceite de linaza o el aceite de semilla de algodón. Descubrieron que la irradiación de dichos alimentos activaba las propiedades antirraquíticas.

Posteriormente, se realizaron varios experimentos para determinar cuáles eran esas substancias que al exponerse a los rayos ultravioleta se convertían en otras substancias con propiedades antirraquíticas. Se descubrió que en el reino vegetal diversos fitoesteroles (esteroles de origen vegetal) eran los precursores de la vitamina D presente en el reino vegetal. Por ejemplo, Windaus y Hess descubrieron el ergorestrol, presente en las membranas de los hongos.

En 1931, por primera vez se logró aislar el producto del ergorestrol posterior a la irradiación. Es decir, en lo que se convertía el ergorestrol cuando se exponía a la luz. A esta substancia se le denominó vitamina D2 o ergocalciferol. Más tarde, en 1936, Windaus y Thiele determinaron su estructura.

Se pensaba que el precursor de la vitamina D en los animales lo era el colesterol. Esto fue así, hasta que, en 1937, el equipo conformado por Windaus y Bock lograron aislar el verdadero precursor, la enzima 7-dehidrocolesterol, a partir de la piel del cerdo. Encontraron, por igual, que la misma se encontraba presente en la piel de las ratas y de los humanos, así como en alimentos de origen animal como la leche entera y el hígado. Al producto de la irradiación del 7-dehidrocolesterol (o en lo que se convertía esta substancia al exponerse a la luz) se le denominó vitamina D-3 o colecalciferol.

Cómo obtener la vitamina D

La podemos obtener de las siguientes formas:

1) Al exponer nuestra piel al sol. Por el efecto de los rayos ultravioleta B (UVB), la enzima 7-dehidrocolesterol se convierte en vitamina D3 o colecalciferol. Es la mejor forma de obtener esta vitamina.

2) Al ingerir alimentos que contienen vitamina D. La vitamina D3 está presente en algunos alimentos de origen animal, tales como la leche y el aceite de hígado de bacalao. La D2 está presente en una cantidad limitada de ciertos alimentos de origen vegetal, como es el caso de algunos hongos.

3) Al ingerir suplementos con vitamina D, ya sea vitamina D3 (colecalciferol) o vitamina D2 (ergocalciferol). La vitamina D2 (ergocalciferol), la forma sintética, se produce a partir del ergorestrol presente en las plantas por medio de la acción de los rayos ultravioleta. Esta forma no es recomendable ya que ciertos estudios han demostrado que puede producir toxicidad.

La vitamina D (sea D3 o D2) es inactiva desde el punto de vista biológico. Esto quiere decir que el cuerpo no la puede utilizar como tal, sino que la misma debe transformarse antes de poder ejercer su función. Así, en el hígado el colecalciferol (vitamina D3) o ergocalciferol (vitamina D2) se convierte en calcidiol (D3) o ercalcidiol (D2) y, posteriormente, en los riñones, el calcidiol o ercalcidiol, se convierte en calcitriol o ercalcitriol, que es la forma activa de la vitamina D.

Beneficios de la vitamina D: no solo para los huesos

La vitamina D tiende a asociarse a la salud de los huesos, ya que su descubrimiento se realizó dentro de un contexto de experimentos asociados al raquitismo, una enfermedad ósea que a principios del siglo XX constituyó un problema de salud pública tanto en Europa como en los EE. UU.

Esta vitamina contribuye a mantener el equilibro del calcio al promover la absorción de este mineral en los intestinos, al promover la reabsorción de los huesos, al mantener niveles adecuados de calcio y fosfato para la formación de los huesos, y al permitir el funcionamiento adecuado de la hormona paratiroides para mantener niveles apropiados de calcio en la sangre. Igualmente, resulta vital para la remodelación de los huesos, ya que los huesos viven en un constante proceso de deconstrucción-reconstrucción.

No obstante, la función de esta vitamina es mucho más amplia y va más allá de la regulación del metabolismo del calcio. En la actualidad, diversos estudios avalan los beneficios de la vitamina D para condiciones diversas y, cada día, a medida que se conoce más sobre ella, se amplía su espectro de incidencia. Ha demostrado ser útil en los siguientes casos:

  1.  Cáncer. No solo para la prevención, sino para evitar la progresión y la metástasis de diferentes tipos de cáncer.
  2. Enfermedades infecciosas, tales como la tuberculosis, la influenza e infecciones del tracto respiratorio superior.
  3. Enfermedades autoinmunes, tales como la esclerosis múltiple, el lupus y la artritis reumatoide.
  4. Hipertensión arterial. Estudios transversales muestran una relación entre niveles bajos de vitamina D en la sangre y una mayor presión arterial. Igualmente, en otros estudios se ha observado una disminución en la presión arterial de pacientes hipertensos al ser expuestos a la radiación de los rayos ultravioleta.
  5. Enfermedades cardiovasculares. En varios estudios prospectivos se ha encontrado una relación entre la deficiencia de la vitamina D y los eventos cardiovasculares.
  6. Esquizofrenia y depresión. Se ha encontrado una relación entre la deficiencia de vitamina D y la incidencia de la esquizofrenia y la depresión.
  7. Función pulmonar, respiración silbante y asma. Diversos estudios transversales sugieren que niveles menores de vitamina D están asociados a una función pulmonar disminuida. Así, niveles bajos de vitamina D se han relacionado con la incidencia de asma en los niños y con un mayor riesgo de infecciones respiratorias debido a la influenza tipo A y la tuberculosis.
  8. Diabetes. Un estudio realizado en 10,366 niños a los que se suplementó con 2000 UI de vitamina D3 y a los que se dio seguimiento durante 31 años se demostró una reducción de un 80 % en la incidencia de la diabetes tipo 1.
  9. Enfermedad periodontal y la caries. Un estudio realizado en 12,976 personas demostró una relación inversamente proporcional entre los niveles de vitamina D en la sangre y la enfermedad periodontal. Igualmente, en un estudio realizado en niños de 1 a 5 años, desde agosto de 2010 hasta mayo de 2011 se demostró que una alta proporción de los niños con caries dentales tenían deficiencias de vitamina D.
  10. Enfermedades dermatológicas, para tratar la dermatitis atópica, la psoriasis y el eczema.
  11. Autismo. Estudios reciente sugieren que existe una relación entre el autismo y la deficiencia de vitamina D, especialmente durante la gestación. Aunque no existen resultados concluyentes, en estudios realizados se ha observado que existen deficiencias de vitamina D en las personas que padecen de autismo, a la vez que se ha observado mejoría en los pacientes suplementados con vitamina D.
  12. Expectativa de vida. Varios estudios correlacionan niveles altos de vitamina D en la sangre con una mayor longevidad.

Como podemos observar, la vitamina D ejerce un rol importante y amplio en la preservación de nuestra salud. Diversos estudios han relacionado su deficiencia con diversas enfermedades. De ahí la importancia de que garanticemos nuestra dosis diaria de este importante nutriente que tiene incidencia en unos 3,000 genes de nuestro cuerpo. La mejor forma es a través de la luz solar, en el momento en que está presentes los rayos ultravioleta B (Algo que trataremos más adelante). Igualmente, cuando la exposición a la luz solar no es posible, la suplementación con vitamina D3 parece ser la segunda mejor opción para garantizar niveles óptimos. Debe evitarse la forma sintética o D2, la cual ha demostrado ser menos eficaz y puede producir toxicidad.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *